Tecnología

A pesar de no ver y escuchar muy poco logró ser programadora de Microsoft

ESPAÑA. Sandra Timón Mayo es una madrileña de 25 años, ingeniera de software por la Universidad Rey Juan Carlos, mejor expediente académico de su grado y Premio Extraordinario Fin de Carrera.

Sandra nació sana, pero el síndrome de Wolfram, una extraña enfermedad degenerativa, hizo que a los cuatro años de edad ya haya perdido un 40% de su visión a causa de la atrofia óptica que es consecuencia de dicho síndrome. También empezó a perder la audición.

A los 12 aprendió a leer en braille, y hoy, con 25, escucha pero muy poco, gracias a un implante coclear y un audífono.

Pero nada de eso le ha impedido ser ingeniera y conseguir el primer contrato de una persona con discapacidad en una multinacional.

Aunque es no vidente, Sandra ve más allá que cualquiera. Detecta barreras para las personas con algún tipo de discapacidad e inventa soluciones para ellos. «Ser una persona con ceguera y con sordera te obliga a desarrollar una capacidad especial para encontrar alternativas, aunque eso me ha obligado a esforzarme mucho, tener mucha dedicación y paciencia», explica.

Diversos estudios afirman que el 90% de lo que se memoriza es gracias a la vista, y el 5% gracias a lo que se escucha en una clase. En la universidad Sandra atendía gracias a una persona de apoyo de la ONCE, «que me acompañaba y me ‘traducía’ lo que decía el profesor a lenguaje dactilológico (el lenguaje de signos que se basa en la representación manual de las letras que componen el alfabeto)».  

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Para trabajar utiliza una especie de teclado en braille y para leer un programa informático que transforma en braille lo que sale en la pantalla del ordenador. Ahora tiene un objetivo: que se desarrolle un software que le permita leer las imágenes y los vídeos. «Porque ésa es una información que me pierdo», se queja, «y las personas con discapacidades podemos hacer lo mismo que todos si nos dotan de recursos para ello», expresa.

La joven afirma que siempre ha tenido claro que debía pelear por conseguir lo que quería, y sobre todo, luchar por la inclusión. «Que todo el mundo se dé cuenta de que alrededor hay personas con otras capacidades, que la gente deje de pensar que no merece la pena esforzarse por nosotros porque somos una minoría. Todos nos vamos a hacer mayores y necesitaremos adaptaciones a nuestra pérdida de capacidades», sentencia.

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